Querida amiga
Querida amiga,
Creo que cuanto más calor hace y más tiempo libre tengo, menos leo. Las sábanas se me pegan al cuerpo y, los pensamientos se me enganchan en el pelo. He leído más de la cuenta, pero me he sentido vacía. Las hojas se han pasado solas, como un autómata. Sin objetivo y mirando cada dos minutos el teléfono. Por si tenía algún mensaje nuevo, supongo, o por si saltaba la noticia de que el mundo es un lugar mejor, de repente. Aunque ya no veo las noticias. Me dan ganas de llorar y no soltar el móvil, lo que me provoca más ganas de llorar todavía.
Y cuando vi todo lo que leí el mes pasado, me abrumé porque implicó que tendría que volver a ellas algún día, para recomendártelas. ¿Cómo te explico que las he guardado en un cajón para no mirarlas más? ¿Y que no sé por qué mis manos llevan sin escribir seis meses?
Porque enseñar me ha robado las ganas, supongo. Me ha lanzado preguntas a la cara para las que no sé si tengo respuesta. Sigo apagando fuegos mes a mes, algo que antes no soportaba: la idea de andar a la deriva. Ahora pienso que tumbarse en el flotador y esperar a que me arrastre la marea no es tan malo, tú vomitarías por los nervios.
Ayer me probé el vestido, y desde que no nos vemos he perdido quince quilos. Aun así, la vecina me preguntó: ¿Y cuántos más te quedan por perder hasta la boda? Ese día me vi el cuerpo hinchado y hueco, como si me hubieran trepado bichos por la garganta y me hubiesen anidado en la panza. Me hacen cosquillas y no los puedo echar. Y si mirara tus fotos de pequeña sé que tú te hubieras echado a llorar. Sé que tú lo hubieses odiado, es demasiado bonito (y no estás acostumbrada a vestir cosas bonitas). Quizás no. Pero te hubieras hecho muy chiquitita.
Siento admitirte que últimamente solo escribo cuando estoy triste. Y las letras me saben a óxido y sal, y los dientes a menudo me tiemblan y pienso que se me van a caer. Si se cuelan en una alcantarilla, ¿me los podrán volver a colocar? Es un sueño recurrente que tenías a menudo, ¿lo recuerdas? Te levantabas con las encías doloridas de rechinar los dientes a medianoche.
Sigo dejando las cosas a medias. Los libros, las palabras, los cajones abiertos, la ropa a medio doblar, esta carta. Pero creo que ya no pesa tanto sobre mis hombros. Quizás eso es lo que más me asusta de ser adulta: perder la ilusión. Aunque confieso que en otras cosas la he recuperado. En el amor, en lo que quería ser de niña… Pero en ocasiones, se me escapa entre los dedos y no sé si algún día volverá.
Siento haber tardado tanto en escribirte.
P.D. Recuerda comprar el pan antes de volver del instituto, que siempre se te olvida.



